Sobre superación se han escrito infinidades de cosas, todas de ellas válidas, lógico, para quienes les resulta fácil el convencimiento de que siguiendo unas pautas a cumplir el cambio a la superación fluirá por sí sola. Otras tocan el tema como algo encomendado a Dios, quienes a través de la fé, se les concederá como un regalo divino.

Hasta qué punto estamos seguros de que la superación personal y espiritual se da de una forma u otra, aunque el mismo nos haya servido por un tiempo, creyendo en ese cambio radical donde las cosas parecieran ir casi a la perfección. Sólo hasta que los mismos avatares de la vida, como un látigo sobre nuestra humanidad, castiga fuerte y nos vuelve a la realidad de que nada es perfecto – solo fue un efímero cambio elucubrado en nuestro pensamiento fantasioso y condicionado, aceptando tristemente de que no somos tan fuertes, ni tan equilibrados como creíamos haber alcanzado. No solo eso, sino que somos en definitiva todo lo contrario y que nada puede lograrse sin un trabajo profundo de conocimiento en uno mismo y un arduo labor de voluntad, con un dominio sobre nuestros pensamientos y equilibrio sobre nuestras emociones.

Aunque sea difícil de comprender que aceptando todo lo bueno y todo lo malo de nosotros, forma parte de lo que realmente somos: una mezcla de polos opuestos que rige nuestra vida como al resto del universo, regla cósmica a la que nada ni nadie escapa. Sólo podemos pretender un equilibrio que es a lo único factible poder lograr en nuestra mente, alcanzando una verdadera conciencia despierta.

Los hechos acaecidos a lo largo de nuestra existencia, sean estos buenos o malos, nos marcarán y regirán nuestra personalidad, esa energía tan particularmente propia que nos hace ser quienes somos (con nombre y apellido), a la vez nos diferencia unos con los otros. Esa fuerte energía capaz de modificar nuestra conducta de acuerdo a las circunstancias que se nos presenta, las cuales nos impulsan a reaccionar de acuerdo a lo que llevamos muy dentro de nuestra personalidad , la que nos desnuda inmediatamente ante el hecho de de pretender ser lo que en realidad  no somos y en la mayoría de los casos, hasta desconocido por nosotros mismos, porque aunque parezca increíble, nosotros somos la persona que menos conocemos ¡¡vaya paradoja!!, al igual que esos gigantescos icebergs ocultos y desconocidos a la percepción humana, o como esos ríos que transmiten la superficial tranquilidad de sus aguas profundas y peligrosas.

Conocerse a uno mismo, es el primer paso hacia una verdadera superación, porque si lo analizamos en forma objetiva, sería prácticamente imposible superar lo que se desconoce. Observando objetivamente sin juzgamientos ni engaños, solo con el fin de tratar de captar aquella parte que nos daña en nuestra relación con el mundo que nos rodea, tanto físico como espiritual.

¿De qué nos serviría todo este análisis profundo, si una vez captado el objetivo, no tuviéramos la valentía de enfrentar esa parte oscura de nuestro ser y darnos la oportunidad de aceptar de que forma parte de nosotros?

 

La comprensión juega un papel fundamental en este proceso de superación porque es infantil pretender que de la noche a la mañana seamos otra persona totalmente diferente. Es menester interpretar que ello no pasa ni pasará jamás, sería como un cuento de hadas que en su relato, se acomode justo a nuestras pretendidas necesidades de superación.

Al tratar de comprender el origen o el motivo por el cual actuamos de determinada manera, nos estamos dando la oportunidad de ser comprensivos y benevolentes con nosotros mismos y con los demás, pero sobretodo entender que nuestra mente forma parte de esa conciencia que nos dice si algo está mal y actuar en consecuencia.

Dominar nuestra mente, es como aprender a dominar nuestros impulsos y pensamientos, sobre todo aquellos negativos que se contraponen a nuestro equilibrio y bienestar. Con ello no me refiero a que dejemos de ser quienes somos o que una blanca paloma pase a ser el símbolo de nuestra personalidad; sería rdículo e inverosñimil, porque a la larga nos arrastrará inevitablemente y con mayor fuerza hacia ese otro polo opuesto de nosotros.

Dominar esa parte es el punto clave de nuestra superación y aprender a utilizarla con la templanza que amerite una determinada ocasión. Neutralizarlo como un escudo defensor que nos sirva para fortalecer nuestro carácter y nuestro espíritu, pero con la sabiduría y el equilibrio suficiente; como para ser dueños de nuestro actos y decisiones, sin traicionarnos, ni mentirnos a nosotros mismos, siendo fieles a una convicción de justicia, equilibrio emocional y espiritual, orientado hacia una conciencia despierta, capaz de conectarse a la existencia superlativa de nuestro verdadero ser.

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