Lograr la felicidad es una de las tareas más difíciles a lo que la humanidad ha tenido que enfrentarse. Por un lado debido a la mala interpretación de la palabra como si de un objeto la felicidad se tratase, siempre corriendo tras ella para tomar posesión lo cual es prácticamente imposible, sin darnos cuenta ni aceptar que la felicidad es un estado equilibrado y ecuánime de nuestro ser interior, de nuestro espíritu.

Por otro lado, erróneamente solemos pensar que la felicidad suele depender de nuestros deseos cumplidos, nuestros logros y lo que es más equivocado aún, de las personas que comparten nuestra vida; los que lamentablemente suelen transformarse a menudo en el blanco perfecto de nuestro resentimiento a la hora de buscar la culpabilidad exacta a nuestra infelicidad, cuando ya los logros adquiridos y los deseos cumplidos no nos satisfacen. En este preciso momento, es cuando comenzamos a sumergirnos en el sufrimiento y la depresión; al igual que una caída libre, desde lo más alto y tenebroso de un acantilado, que nos lleva irremediablemente hacia la más oscura e inimaginable profundidad del océano, donde se hace prácticamente imposible continuar, siendo arrastrados cual fuerza omnipotente, hacia lo más profundo de las aguas. Allí es donde tratamos de buscar la salida más fácil, o quizás la más equivocada, delegar a terceros la responsabilidad de nuestra existencia y nuestro equilibro emocional, proveniente generalmente de una amistad, de un profesional y ¿Por qué no? de un familiar muy cercano a nosotros y en quien confiamos.

La situación emocional empeora,  cuando dicha relación, se hace cada vez más dependiente y adictiva. Esto no es fácil controlar, debido a que no todas las personas comprenden que el sufrimiento es un sentimiento, una emoción, la antesala a la depresión más inminente, producto de la infelicidad del corazón y de nuestra alma. Una emoción es muy difícil dominar, dado que la misma no se encuentra en la mente, un pensamiento que nos perjudique podemos llegar a eliminarlo si es que así lo deseamos; no así una emoción, que no es un estado mental al que se pueda cambiar con facilidad, como si de un disco duro se tratase para nuestro bienestar.

¿Cómo revertir esta situación?

El primer paso a dar para resolver dicha situación, es comprender; abriendo el ser hacia las cosas más simples de la vida, pero no por ello menos importante y muchas veces ignorados por su simpleza. El primer paso es buscar la paz interior, el equilibrio emocional de nuestra existencia; aceptando lo que realmente somos y valorando lo que tenemos en el presente, no en nuestro futuro y muchos menos en nuestro pasado, porque de eso se trata vivir, percibir el momento justo y exacto en el que te encuentras, interactuando con lo que te rodea y quienes te rodean, en plena armonía y equilibrio. Darnos cuenta también que es prácticamente imposible obtener “todo” lo que deseamos, y que ello jamás se ajustara exacta a nuestros planes de vida y expectativas. Aceptando y fortaleciendo esa aceptación, es el modo de librar la batalla que nos hará libres de nuestro sufrimiento y por ende nuestra depresión; logrando así el equilibrio, la paz y la felicidad, con nosotros, con los seres que amamos y con todo lo que nos rodea, porque la felicidad no es un estado de la mente, es un estado consciente y “equilibrado del alma”.

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