Cuando hablamos de libertad, no sólo nos referimos en su contexto literal de cadenas rotas o caminos enunciados, sino de la verdadera libertad espiritual que nos da el derecho legítimo de creer sin manipulación heredada, aprendiendo a escuchar a nuestro verdadero ser interior.

La intuición que decodifica las vibraciones del corazón, que en su inteligencia superior sabe exactamente el camino a seguir; porque aunque no lo creas somos prisioneros de una jaula emocional fabricada en su gran parte por un paquete de creencias, conceptos y filosofías caducas, donde ni siquiera te permites, ni te han permitido cuestionar sobre la existencia de Dios, o si realmente lo conocemos en todo el esplendor de su verdadera naturaleza; incurriendo muchas veces en el ateísmo como la salida más rápida y fácil, a lo que somos incapaces de cuestionar debidamente o comprender con una mente abierta.

Porque “ya” para impedir que nuestra inteligencia superior evolucione, se inventaron palabra como “blasfemia, infierno, castigo, pecado”; sólo basta con escuchar algunas de ellas para que automáticamente aparezca en nosotros la peor y más poderosa de todas las cadenas, “el miedo”. Ese miedo que ciega y ensordece, no dejando escuchar siquiera los latidos de tu propio corazón, de tu ser interior, que pide a gritos la libertad de dudar, cuestionar y buscar respuestas. ¿Acaso pensaste, en la lógica que representa ser hinduista si naciste en la India, musulmán si naciste en Jordania o budista si eres del Tíbet? ¡Claro que no! Porque ilógico sería aceptar entonces que eres y crees lo que tu familia, la religión y la cultura del lugar donde naciste te dijeron que seas y creas. Acaso, no sea tan difícil comprender la prisión en la que estás inmerso desde el día de tu nacimiento.

Puedes iniciarte en la búsqueda de tu verdad, pero sería en vano hacerlo desde la jaula de tus creencias, porque todo el mundo cree tener la razón, lo malo es que siempre lo hacen desde la prisión de su punto de vista y de tus convencimientos. Dicha búsqueda debe ser siempre limpia, desde la conciencia y no desde la creencia, con una mente y espíritus libres, donde no cuentan ni resultan los rituales religiosos tradicionales; porque ello no es cuestión de inclinarse, encendiendo velas o rezando a algo que está fuera de ti, sino, que se encuentra dentro de ti.

Tú y solamente tú, tienes el poder para decidir en qué y en quién creer o no. La advertencia es mucho más antigua de lo que nosotros recordamos, hacia esos traficantes de la fe; porque en la fe reside tu poder, que te pertenece y se origina en ti, pero que también es parte de Dios, del universo, de esa energía creadora, de todo lo que te rodea, lo que ves y sientes, pero sobre todo, lo que piensas y dices. Basta un pensamiento, un sentimiento y luego una palabra tuya hacia una misma dirección para cambiar la realidad inverosímil de tu mundo. Pero jamás podrás lograrlo si no tienes fe en ti mismo, si no crees en ti, entonces sería más que suficiente realizar una “catarsis” dentro de tu mente y de tu ser; limpiandolo de vicios, odio y temores, pero sobre todo de creencias impuestas. La felicidad que adviene de una mente y un espíritu libre es inmediata y permanente, porque una persona espiritual, es una persona equilibrada, que piensa, siente, dice y hace una misma cosa, en una misma dirección: pero sobre todo, no teme decir lo que piensa aunque ello le costara el rechazo y el sarcasmo de quien lo escucha, encontrando siempre la mejor y sabia manera de transmitir su verdad.

Una persona espiritual no le cuesta obsequiar felicidad, haciendo vibrar todo a cada paso, la misma frecuencia con la que su ser vibra, percibiéndolo hasta el más escéptico de los pesimistas. No lo dudes, tú también puedes lograrlo, hasta el legítimo y “libre albedrío” de elegir en qué o quién puedes creer. Toma en cuenta que esto ya se ha iniciado en todo el mundo, pero de manera individual. “Solo comienza escuchando tu propio corazón”, y la intuición te llevará hacia el camino correcto de la verdadera realización de tu ser.

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