En el comienzo de nuestro ciclo vital, el mundo se nos presenta como un todo indivisible, con la inocencia de un ser puro que aún no aprende a juzgar precipitadamente las cosas tal como se nos presenta. Solo percibimos que ahí estamos, en cuerpo presente, sin pasado ni futuro. Solo nuestra existencia y la motivación de nuestros cinco sentidos.

Como esa frágil Efímera que en su vida adulta sólo tiene su presente, donde en ella el concepto tiempo tan sólo se reduce a un espejismo, una ilusión, donde la existencia de lo que fue y será por tan solo por un día.

Lamentablemente el mundo no se nos presenta por sí solo, sino a través de las personas responsables de nuestra existencia (padres o familiares) y es en ese intermedio donde aprendemos que todo lo que nos rodea puede ser más hostil para algunos y menos para otros.  La diferencia radica en la clase de persona que existe a nuestro alrededor, porque fuera de nuestro control, no existe aún en nosotros el discernimiento para ello.

En esta primera etapa de la vida, el mundo se nos puede presentar de maneras sutil, cariñosa o comprensiva, como también puede ser despiadada, cruel, y totalmente deshumanizada; la cual se extenderá por varios años más. Esto condicionará de sobremanera, nuestro modo de pensar, actuar y lo que es más importante, la libertad de discernir con una mente sana y clara a la vez.

Todas estas circunstancias, a través de los años, pasarán a formar parte de la raíz de todo nuestro pensamiento, personalidad, y capacidad de tomar decisiones trascendentales que marcarán el rumbo de nuestro destino.

Ser los dueños del pensar, actuar y el discernir sobre ciertas cuestiones, suele ser una tarea mucho más difícil de lo que se cree; ello sumado a que en líneas generales no somos dueños de nada, aunque se crea lo contrario. Porque en una mente condicionada e inculcada durante tanto tiempo, sin darnos la oportunidad en algún momento de nuestra vida el poder razonar con nuestro propio criterio, no pueden ser nuestros los pensamientos, ni el discernimiento, ni las decisiones que de ello adviene.

La ilusión de que somos dueños de nuestra existencia, sólo se hace visible en la contrariedad de nuestro pensamiento, porque generalmente decimos una cosa, imaginamos otra, y hacemos algo totalmente diferente. Esto sería como pretender la paz iniciando una guerra para conseguirla. Dicha contrariedad se hace más explícita cuando se falta a la verdad y a la autenticidad de nuestro pensamiento.

Es necesario aceptar que para ser dueño de ese raciocinio, es sumamente importante poseer un conocimiento veraz y total sobre nosotros mismos. Percibir con exactitud qué nos produce ira y el por qué, qué nos entristece y su verdadero motivo, como el de sentirse feliz, sin fingir serlo por cuestión de terceros; todo esto desde una perspectiva neutral, consciente, transformándonos en una especie de observador observado, sin juzgamientos ni prejuicios previos.

También es principalmente relevante la verdadera importancia del discernimiento, puesto que nos hace ser quienes somos, pero sobre todo nos indica el camino hacia donde vamos; porque aunque sea poco factible comprender, somos los artífices y coautores directos de nuestro propio destino.

Las decisiones cruciales tomadas en la vida, nos hace responsables sobre nuestro futuro, una mala decisión repercutirá en una mala experiencia que deberemos soportar. Pero es menester aceptar que, las mejores enseñanzas aprendidas son las que devienen de una mala experiencia, las que nos movilizan a reflexionar sobre nuestros errores y decisiones futuras, con un mayor conocimiento y crecimiento personal.

Aunque a veces no podamos percibir el hecho de que en la vida todo es discernimiento, desde el mismo momento en que empezamos a caminar por nuestros propios pies, también comenzamos a elegir entre lo que nos gusta o no, entre lo que nos produce placer y angustia.

En la misma medida que el tiempo pasa, irá apareciendo un discernimiento cada vez más complicado en dilucidar , el que se hace mucho más capcioso y difícil de entender; como por ejemplo elegir entre lo más importante de lo que no lo es, una correcta elección entre lo bueno y lo malo que puede resultar para nosotros. Porque aunque sea difícil comprender, solemos hacer mucho más daño haciendo el bien sobre lo que desconocemos o creemos conocer. Para ello es totalmente necesario un reconocimiento previo sobre lo que vamos a discernir y por consiguiente actuar, con una mente clara y libre de condicionamiento.

Todo en la vida es un constante discernimiento, donde no debemos permitir que los demás decidan por nosotros, aunque ello esté escrito en algún libro sagrado donde otros escribieron desde su propia experiencia. Aquellas palabras escritas con sabiduría no se han plasmado para sólo ser leídas, sino para ser vividas. Es ahí desde la experiencia donde la sabiduría aflorará hacia un pensamiento mucho más libre y justo, hasta lograr comprender la existencia de un equilibrio universal, como la opción mucho más importante y valedera que la difícil tarea de poder o saber discernir entre el bien y el mal.

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