Por cientos de años hemos tratado de explicar con la elocuencia de la perfección, la complejidad de nuestra Psiquis humana y nuestra conducta como consecuencia de ese mecanismo.

Si aun citando eminencias médicas-científicas, psiquiátricas y psicológicas, podemos verificar que en cada una de sus teorías siempre hay una cuota de verdad en lo que al comportamiento humano se refiere, también es menester verificar ciertas contradicciones entre ellas y es por lo que se hace tan difícil la unificación de una explicación lógica y contundente sobre nuestro comportamiento y nuestra psiquis.

Es preciso comprender que las reglas establecidas en esta sociedad acerca de lo que llamamos conducta perfecta o normalmente aceptable, sea derivada contradictoriamente de una sociedad enferma, autodestructiva e imperfecta, donde estigmatizamos a los que opinan diferente, condenamos estilos de vida alternativos donde tratan de conservar lo juiciosamente natural, sano para nuestra salud y la preservación de la vida en nuestra madre Tierra; pero sobre todo y lo más espantoso aún, la aceptación de medicamentos provenientes de la industria farmacéutica que suelen asesinar más que la propia enfermedad. Citamos también y con lujo de exaltación a los virus, enfermedades y dolencias prefabricadas en laboratorios sean totalmente aceptadas y crédulas por nuestra sociedad.

Si todo este estilo de vida y normas autodestructivas no se encuentra plasmada expresamente en algún artículo de nuestra constitución, no significa que no se cumpla a rajatabla en nuestra vida cotidiana; entonces ¿¡Por qué seguimos aceptándolo!? Si contradice totalmente con el principio básico y lógico de supervivencia.

¿En qué momento de la historia de la humanidad, dejamos de pensar por nosotros mismos, aceptando todas esas reglas que es claramente beneficioso para unos cuantos en detrimento de nuestra vida?

A mi entender, la complejidad mecánica de nuestra psiquis se deriva directamente de este sinfín de contradicciones, entre lo que nos beneficia y nos perjudica; entre el bien y el mal, entre lo que es naturalmente beneficioso y artificialmente perjudicial.

Si de ángeles y demonios se trata la complejidad de nuestra psiquis, fluctuando siempre entre lo que está bien y lo que está mal, donde la entrega en cualquiera de los dos extremos y la falta de equilibrio, es el detonante principal para la falta de juicio natural y consciente de nuestra conducta.

Mantener una afirmación contundente y unánime entre lo que decimos, hacemos y pensamos se hace prácticamente imposible; aún peor, casi inexistente para nuestra capacidad de razonamiento porque lo razonable parece ser la diversidad de personalidades conviviendo en nosotros. Sea claro en esto, que no hago ningún tipo de alusión a la personalidad múltiple siendo que este es sólo un mecanismo de defensa y una respuesta a un estilo de vida enfermo de nuestra sociedad.

La referencia directa es a la hipocresía de nuestro “yo”, o mejor dicho de nuestros “Yoes”, porque de acuerdo al estímulo exterior respondemos con un respectivo “yo” que encaja justo a nuestras relaciones humanas. Hay que reconocer que no actuamos de la misma manera en distintas compañías, u ocasiones, como aquellos jefes de familia que son amables, pacientes y solidarios con sus vecinos, pero estrictos, impasibles y egoístas con sus hijos o como aquellos sacerdotes pederastas, ejemplos de buena conducta y fe frente a la comunidad de su iglesia, o esos políticos corruptos con su mensaje de honestidad y trabajo por el bien de su patria.

En realidad, no se es honesto, solidario, comprensible a nuestra conveniencia, ello se escapa al entendimiento y aceptación de que distintos “yo” son los que responden de acuerdo a la ocasión; al igual que un prisma es incapaz de reflejar fielmente una única luz blanca que lo alumbra, nuestra psiquis es incapaz de reflejar auténticamente el verdadero ser que mora dentro de nuestra verdadera naturaleza humana.

Identificarnos con nuestra mente sería como identificarnos con la realidad que solo existe en ella, porque aprender a buscar e identificar a ese ser que todos llevamos dentro, sería como esquivar la dualidad de nuestra visión de la realidad y sobre todo la complejidad de nuestra psiquis, para comenzar a vivir la auténtica realidad que nos forjemos, con una mente más simple y unificada que responda a un ser que hace, dice y piensa una misma cosa y en una misma dirección.

La dualidad de elegir entre el bien y el mal es una prueba contundente y enfermiza de aceptar este estilo de vida que nos empuja constantemente a fluctuar hacia ambos extremos, porque hacer el bien no debería ser considerado extraordinario, único y santificado, sino una conducta normal y equilibrada, una obligación en beneficio de nuestras relaciones humanas, por ende, hacer el mal es una condena kármica y extremadamente perjudicial, que lleva a nuestro ser directo al hundimiento en nuestras propias miserias humanas, desestabilizando el equilibrio y la armonía con los demás seres.

Los extremos, la dualidad, la fluctuación de nuestra mente en escoger entre el bien y el mal sólo existe en detrimento de nuestro ser, rompiendo el equilibrio de lo que realmente somos y debemos hacer, invalidando totalmente la divinidad de nuestra existencia humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

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