“Se dice que no hay mal que dure cien años, pero tampoco existe bien que lo supere.”

 

Los extremos que rigen nuestra vida, y nos hace pendular constantemente entre la felicidad o la tristeza, la dicha y el pesar, el amor u odio; aunque sea una paradoja muy difícil de entender, es sumamente necesaria la existencia de una para que se produzca la reacción y la existencia de la otra.

En un magistral movimiento cíclico, donde cada procedimiento de nuestro actuar, trae aparejada una reacción en la que pocas veces estamos lo suficientemente preparados para soportar o comprender.

Muchas veces debido a nuestra tenaz incomprensión, hacemos inmortal a esa famosa frase que frecuentemente recitamos sin dudar, “¿Por qué me pasa esto a mi?” cada vez que en esos reveses de la vida, nos tuerce la suerte hacia la irremediable desdicha del infortunio.

Es preciso comprender que en este proceso cíclico de dicha o pesar, la suerte solo existe para aquellos que les suele ser difícil aceptar que somos coautores directos de todo aquello bueno o malo que nos suceda. Muy a pesar de que en nuestra naturaleza humana, la tarea de indagar en nuestros actos la verdadera causa de nuestra desgracia, se hace muy difícil e inaceptable.

Solemos creer que la mayoría de las cosas suceden porque sí, rindiendo culto gratuito a la casualidad más que a la causalidad (ley de causa y efecto).

Que tamaña valentía e inteligencia es necesaria para encontrar la diferencia entre el ¿por qué me suceden estas cosas? y el ¿para qué me suceden?

La artimaña de la victimización, nos ciega el entendimiento hacia la honesta responsabilidad de reconocer en nuestras actitudes, los defectos conscientes e inconscientes que influyen sobre ellos.

En muchos casos alivianar nuestra conciencia, se hace mucho más fácil cuando buscamos la culpa en los demás, muchas veces efectivizando una vieja deuda; como si de un pagaré vencido se tratara, una cifra demasiado alta para quienes en algún momento hemos brindado nuestra simulada y benevolente ayuda.

Todo vuelve a su punto de partida, todo gira en un perpetuo andar, todo bueno o malo se intensifica en su retorno, haciéndonos responsables directos sobre nuestro destino  y el infortunio que recae sobre el mismo, alejando la creencia sobre el inexistente azar de nuestro futuro. Seamos conscientes y responsables de lo que decimos y hacemos, porque de ello depende la línea gradual de nuestro verdadero infortunio.

No hay deuda que el destino nos cobre, ni la impunidad a la que el mal jamás accederá, la justicia sublime de este mundo buscará el equilibrio entre el bien y el mal.

 

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