Hablar de iluminación es como caminar sobre un hilo muy delgado, entre la fantasía, la realidad y la fe. La fantasía nos lleva a imaginar, como en un libro de cuentos o relatos fantásticos, a seres interdimensionales destellando luces, a manera de un astro, cruzando fugaz el firmamento nocturno, o como el mismo sol fuente de luz y vida.

La fé nos dicta que sólo gente selecta, elegida por los dioses, pueden alcanzar la iluminación; sin tomar en cuenta que el condicionamiento de las diversas religiones que impone sobre nuestra mente, la manera en que debemos interpretar los diversos textos sagrados, sin sumar la tergiversación y manipulación realizada durante siglos sobre estos mismos textos antiguos, cambiando falazmente el verdadero sentido de su mensaje.

Pero pretender cambiar o esconder la verdad por siempre es una fantasía, tanto, como pretender eclipsar el sol con la sombra de un pulgar, o cambiar artificialmente el curso original de un río, sin tomar en cuenta la peligrosidad de su consecuencia.

Creo que deductivamente podemos aseverar que la fantasía creada por el séptimo arte y los textos de relatos fantásticos no distan mucho de la iluminación contada por las diversas religiones, que no compatibilizan en lo más mínimo con la lógica, la inteligencia humana y mucho menos con el verdadero mensaje de los distintos maestros iluminados como Jesús o Buda, si somos capaces de leerlos con una mente abierta y libre de condicionamiento religioso.

Hablar de iluminación en realidad, pareciera ser lo mismo que entrar en una dimensión desconocida, donde seres divinales y humanos se funden en una falsa realidad, como el paraíso prometido en otra vida, sin poder palpar, ver, ni mucho menos agradecer el que se encuentra en esta, mucho más real y factible que la que nuestra imaginación condicionada e infantil nos presenta.

Cuando hablamos de iluminación, hablamos de una serie de sucesos mágicos donde todo es precioso y perfecto – esto en el concepto más infantil y fantástico, tanto e igual como encarnar a “Peter Pan” para la aseveración de la lealtad, el altruismo y la compasión de los demás seres, como no encontrar jamás el tesoro al final del arcoíris, o como soplar polvo de hadas a este mundo para terminar con el hambre, las guerras y la destrucción, porque, aunque increíble que parezca, sin aceptarlo, todos formamos parte de ello.

Este malentendido y tergiversado concepto de iluminación sólo ocurre en la imaginación de nuestra mente, cuando en realidad el verdadero sentido de iluminación es lo que su simple significado etimológico sugiere, todo a lo que somos capaces de iluminar la oscuridad que nuestra mente encarcela, cuando te impones a todo aquello negativo que en diversas etapas de nuestra vida, terminamos atrapados en las tinieblas de nuestro propio conflicto interno.

Lo más importante de todo esto es que debemos comprender que dicha iluminación no sería posible si en nosotros no existiera oscuridad, como Yin y Yang, la dualidad que rige nuestra existencia.

A pesar de todo, no es relevante cuántas veces caemos en esa parte oscura, sino, las veces que somos capaces de huir de ella, el valor contado para levantarnos y seguir hacia la luz que nos rescata de toda esa situación de oscuridad, sensación de extravío, dolor que nos envuelve en esa energía negativa y nos hace adictos al sufrimiento, ese sentimiento de que nada vale la pena y de que el mundo entero y la vida misma está en nuestra contra.

El estado de iluminación ocurre cuando verdaderamente te impones a toda esa situación de oscuridad y te arrancas  a ese monstruo que va destruyendo tu autoestima, tu vida, todo lo que amas y te hace víctima de tus propios conflictos internos.

Te iluminas cuando logras ver ese camino de luz, en el que mente y espíritu vibran en una sola frecuencia, en un solo pensamiento, recuperando nuestra propia luz; donde el sentido de dualidad no existe, sin importar tu religión, posición social, cultural o creencia alguna, porque en cualquiera de los casos esa luz a la que hacemos referencia se inicia en el interior de tu verdadero ser.

“Iluminarse es comprender que no existe oscuridad en esta vida, en la que la inteligencia superlativa de nuestro ser, no sea capaz de resplandecer el camino hacia la verdadera superación del alma.”

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