Si tratamos de dilucidar en profundidad lo que significa para nuestra comprensión la palabra fracaso, podríamos ahondar en un tema que puede resultar muy controversial y en el que se nos hace sumamente difícil poderlo observar con total objetividad; esto es debido a que en ello está involucrado la parte más oscura, temerosa y débil de nuestra personalidad.

La mente condicionada desde nuestro nacimiento nos lleva irremediablemente a creer de una determinada manera, sin darnos cuenta que es nuestro principal obstáculo hacia una mente libre; capaz de interpretar con mayor lucidez los diferentes sucesos de la vida, y es en este largo caminar en el que constantemente encontramos alguien que nos dice cómo debemos interpretar tal o cual cosa, porque verdaderamente “maestros” son los que sobran, pero lamentablemente son muy pocos los que nos “enseñan” por nosotros mismos e interpretar con sabiduría la vida misma.

Cuando hablo de sabiduría no me refiero al conocimiento incorporado por la lectura de cientos de libros ni a la asistencia ininterrumpida de clases o conferencias religiosas de sacerdotes, pastores, gurúes o algún pseudoiluminado; que pretenden hacernos creer que la verdad solo existe a través de sus palabras o de sus libros sagrados, a los que ni ellos mismos han sabido interpretar con una mente libre de condicionamiento, y sólo se limitan a repetir, totalmente convencidos, conceptos aprendidos e interpretados por terceros, sin una pizca de comprensión personal y un sano escepticismo que te lleva a la diferencia entre un sabio y un repetidor de conceptos.

El conocimiento solo es un instrumento de la sabiduría, la sabiduría solo es un paso hacia el verdadero desarrollo del ser y el ser. La esencia natural de nuestra auténtica y legítima humanidad. Comprender este camino sería mucho más sencillo sin el condicionamiento al que somos sometidos. La libertad individual sólo depende de la valentía de una “mente cuestionadora”, curiosa y equilibrada, capaz de comprender la diferencia entre fracaso y aprendizaje, pero sobre todo saber escoger la que le ayudará a su superación personal y reconocer la que te someterá en la parte más oscura e involucionada de nuestro ser.

Así como el Yin y el Yang, oscuridad y luz, el amor y el odio, el fracaso tiene su lado opuesto y positivo, como dos caras partes de una misma moneda. Dicha ley universal se cumple en cada cosa existente, nada es del todo malo ni tampoco nada es del todo bueno. Decir que el aprendizaje es producto de un fracaso, equivale a comprender esta ley y utilizarlo con sabiduría para nuestro crecimiento.

Por algún motivo, los seres humanos poseemos una tendencia irracional a escoger la parte más perjudicial de las cosas y ello a mi entender se debe al miedo, la raíz de la mayoría de todos nuestros males.

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El miedo al fracaso es en nosotros un sentimiento mucho más poderoso que el sentimiento positivo de un aprendizaje. Etimológicamente hablando, el fracaso posee aristas a su interpretación, así como es lo contrario al éxito también dice que es un suceso inesperado y es ahí donde lo inesperado puede volverse beneficioso o tal vez mejor de lo que se esperaba, pero equivocadamente para nosotros lo inesperado golpea fuerte en nuestra frágil seguridad, y es en esa inseguridad en la que somos incapaces de torcer, o mejor dicho, escoger el lado positivo de las cosas.

No existiría en nosotros el fracaso, así como lo entendemos, si no existiera el miedo en cada paso que realizamos.Si crudamente observamos el aprendizaje como los diversos caminos que debemos sortear hacia el éxito, no existiría la posibilidad de incluír el miedo al fracaso sobre cualquier objetivo en nuestra vida.

El fracaso es una parte necesaria, porque sólo de él depende el aprender el camino correcto que conduce al éxito.

Como infinito y constante es el curso de un río, también es el aprendizaje en nuestro largo camino de la vida; camínalo sin miedo, que al final del arcoíris, el tesoro más grande, será tu sabiduría.

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