Si tuviera que definir la vida como un ciclo natural, donde el transcurrir del tiempo influye irremediablemente en nosotros y sobre todo lo que nos rodea; podríamos dilucidar entonces que tiene un principio y un final, un punto de partida donde todo tiene un porqué y sobre todo para que, en el cual todos estamos conectados de una u otra forma; así como cada grano de arena que forma un gran desierto, cada gota de agua que configuran la inmensidad del mar, cada uno de nosotros formamos parte de la creación, de este fluir de la vida donde en realidad nada comienza ni termina y el tiempo solo es una percepción de nuestra mente; no hay pasado ni futuro, solo un constante presente, donde el escenario de la vida y la protagonización de lo que somos, decimos, pensamos y hacemos solo se encuentra en el aquí y ahora, en un eterno presente en el que nuestra vida adquiere un verdadero sentido.

Existen infinidades de cosas en este fluir de la vida, tan obvias que somos incapaces de poder percibirlas y mucho menos comprenderlas, así como captamos la luz no percibimos que forma parte de la oscuridad, porque todo en realidad forma parte de su antagónico – no hay bien si no existiera el mal, ni sonido que se funda en el silencio, ni el punto exacto donde termina el calor y comienza el frío – todo es gradual y a la vez semejante, porque todo en Yin y a su vez es Yang. No existiría la energía eléctrica si dos polos opuestos no se unieran, ni existiría la humanidad si un hombre y una mujer no se unieran en una misma cosa, donde el fluir de la vida es un eterno constante y el concepto de la muerte se entremezcla con la vida, porque nada muere realmente si a partir de ello se hace posible la transformación de algo, nada es estático ni mucho menos eterno en sus formas, todo cambia y se recicla para dar paso al fluir constante de la creación, donde debemos comprender que todo aquello que nos rodea forma parte de un “todo” y ese todo a la vez es parte de una mismo.

En perfecta armonía, cualquier procedimiento equivocado en perjuicio de ese todo, influirá irremediablemente sobre nosotros, como un círculo perfecto que termina donde comenzó, y es en este punto en que la ley del Karma se hace presente, para recordarnos, que todo bien o mal que arrojes al universo te lo devolverá duplicado en su intensidad, bienestar o perjuicio.

Por eso en necesario comprender que la verdadera armonía comienza en nuestro interior, el verdadero equilibrio de nuestras emociones, pensamientos y actitudes, son sumamente importantes para que esa armonía con el todo se realice de manera natural y constante.

Es en vano pretender que no necesitamos de dicha armonía, como tampoco creer que la polaridad o sus antagónicos no son necesarios, en el sentido literal del bien no existiría sin el mal, porque necesitamos primero haber conocido la maldad para que el bien sea posible, porque ángeles y demonios son dos caras de la misma moneda, es en este concepto donde carne y espíritu se unen para dar lugar a la verdadera naturaleza de nuestra existencia; a ese constante y maravilloso fluir de la vida, también llamado Dios.

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