…Si aún aceptando con el corazón que realmente somos creación de Dios, que fuimos hechos a su imagen y semejanza, cabe entonces la eterna incógnita al preguntarnos ¿Cuál es la verdadera naturaleza de nuestra imperfección?, convirtiendo la existencia humana en algo irrelevante y sin trascendencia.

La lógica nos lleva a cuestionarnos ¿Cuál es la divinidad heredada? La semejanza que nos conduce a ser llamados hijos de dios, la respuesta en si es menos complicada de los que se nos presenta.

Será quizás porque la respuesta a lo que buscamos con nuestros ojos, sólo lo hace visible el alma; y es precisamente en nuestro interior donde la exploración de nosotros mismos se hace incrédula y casi nula, porque esa fuerza creadora que nos hace semejantes a Dios proviene exactamente de nuestro interior. Las equivocaciones de la carne y también del pensamiento a lo largo de toda la historia del hombre, fueron responsables directos de las atrocidades más grandes conocidas por el mundo – guerras, hambre, crisis económicas, genocidio, esclavitud, todas tienen un origen común, siete fuentes o razones perpetradas por la mente humana, denominados “pecados capitales”. Creaciones de nuestra parte oscura y negativa que nos deja en una posición casi rozando el salvajismo y la decadencia de nuestra humanidad, por consiguiente el alejamiento total de nuestra espiritualidad.

Siete son los pecados que al alma mata, siete los demonios que conviven con nuestro diario accionar, interviniendo constantemente con nuestro pensamiento y nuestras decisiones, conduciendo nuestras vidas hacia el camino irremediable de las equivocaciones. Pecado es la palabra con la que debería ser llamado todo aquello a lo que al hombre lo conduce hacia el camino de la involución. A nuestro entender, el “miedo” forma parte de uno de ellos, porque al miedo (el octavo pecado capital) es fácilmente atribuible la gran mayoría de los fracasos y estancamientos de nuestras expectativas; nos paraliza y nos hace perder exitosas oportunidades casi siempre irrepetibles.

El miedo a ser burlados o estigmatizados nos coloca automáticamente en una posición desapercibida y casi inexistente. El miedo a decir lo que pensamos nos transforma en esclavos del pensamiento colectivo, quitándonos individualidad y relevancia.

El miedo a no conseguir lo que buscamos, nos hace temerosos de nuestra propia independencia personal y económica, sobre todo prisioneros de nuestra tan perjudicial zona de confort. El miedo al amor nos hace infelices y ególatras, incapaces de reconocer al corazón en su más alta frecuencia vibratoria espiritual.

El miedo a tomar decisiones, nos quita el derecho a ser dueños de nuestra vida, como un búmeran que va y vuelve siempre en manos de quien lo arroja, perdiendo por completo la capacidad de pensamiento y análisis personal.

El miedo a luchar por lo que nos parece injusto, incluyendo nuestra libertad de palabra y pensamiento, nos hace cobardes ante la vida y lo que es peor ante nosotros mismos. El miedo es producto de nuestro pensamiento, creación de nuestra mente que nos lleva irremediablemente a no vivir en el presente, porque solo se percibe cuando algo malo sucedió, o creemos que nos está por suceder. Pero es importante recordar que el hombre también es coautor de su destino, de todo aquello que sucede alrededor, porque a eso se hace referencia cuando decimos que todos somos uno, con esa fuerza creadora (Dios) de la cual somos la fuente.

El universo siempre responderá de igual proporción y manera a la que nosotros le enviamos el mensaje. No debemos temer a nada, porque no hay nada que temer, ni en este mundo ni en ningún otro, solo confiemos en nuestra fuerza interior, en nuestra divinidad que todos poseemos y de la misma fuente, para que podamos reconocer y nombrar al Miedo con el título que realmente debería ser llamado – “El octavo pecado capital”.

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